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viernes, 13 de agosto de 2010

Matrimonios por conveniencia


Página 12 13-8-2010

Por Washington Uranga

Cuando la política es apenas la búsqueda del poder circunstancial no hay alianzas que perduren. Tampoco son duraderos los acuerdos cuando los mismos se celebran entre dirigentes que hacen política sólo al son de sus propias oscilaciones y cambios de humor. Y no existen proyectos políticos valederos que se puedan construir a la sombra de los intereses económicos de los grupos de poder, sencillamente porque el poder económico no sabe de lealtades, sino que se mueve pura y exclusivamente con la finalidad de maximizar ganancias. Muy probablemente en este párrafo estén al menos algunas de las razones de lo que está ocurriendo en el escenario político actual.

Los que ayer –y sobre todo después de las elecciones de junio del año anterior y de la asunción del nuevo Congreso– aparecían como firmes aliados, hoy tratan de mantenerse a flote en el mar de las contradicciones. El Acuerdo Cívico y Social está jaqueado en sus bases, entre otras razones porque la diputada Elisa Carrió pregona coincidencias, pero es incapaz de traducirlas en acciones políticas. No debería extrañar a la luz de su trayectoria.

La historia política –aquí y en el mundo– demuestra que las alianzas políticas son efímeras cuando el único propósito es estar en contra. Vaya si lo sabremos los argentinos después de la experiencia de la Alianza, construida sobre bases nada sustentables y con el único fin de oponerse a Carlos Menem. Un buen propósito coyuntural sin proyecto político de fondo, que terminó en fracaso y en un enorme costo para el pueblo.

Por distintas razones, los hechos políticos están dejando en evidencia una vez más –quizá con mayor rapidez de lo imaginado hace poco tiempo– que la política necesita de acuerdos programáticos, de ideas y proyectos de mediano y largo plazo y no sólo de alianzas o matrimonios por conveniencia.

La “Mesa de Enlace” ya no enlaza tanto. Porque es evidente que Hugo Biolcati –con desmesuras que rozan con el golpismo– está muy lejos de representar a la complejidad del “campo”. Las ambiciones personales lo cegaron a Eduardo Buzzi y pensó que podría llegar lejos de la mano de quienes históricamente han sido los patrones de los pequeños y medianos chacareros reunidos en la Federación Agraria. Calculó mal. Ahora no sabe cómo volver y sus cómplices de andanzas lo llevan a la rastra y no le quieren soltar el lazo. Temen que, si le aflojan la cincha, Buzzi se desboque y lo que antes era una mesa se transforme en leña para el fuego.

La jerarquía de la Iglesia, que también se mueve como actor político, quiso reforzar su condición de interlocutor con poder generando una mesa de diálogo que expresara coincidencias entre diversos y que fortaleciera sus propios reclamos. El intento falló porque los obispos erraron en el diagnóstico: no dimensionaron la profundidad de las contradicciones que atraviesan a la sociedad argentina hoy y sobreestimaron sus propias fuerzas, desconociendo que la institución eclesiástica ya no tiene el poder corporativo de otrora. Sólo los sectores más retrógrados se aglutinaron junto a los jerarcas católicos en el intento de rechazar la iniciativa del matrimonio igualitario, y aun así no les alcanzó para imponer su mirada. Habrá que esperar nuevos movimientos de los obispos que intentarán cerrar filas junto a quienes ellos estimen que pueden ser alternativa política al actual gobierno.

Los candidatos del “pro-peronismo federal” sólo se reúnen respondiendo a la voz de orden del mandamás del Grupo Clarín, Héctor Magnetto. Fue un llamado de atención: “los necesitamos juntos porque de lo contrario no nos son útiles”, puede haber dicho, palabras más o menos, el jefe Magnetto sentado a la cabecera de su propia mesa. Y el que no responda se queda afuera. Mientras acomoda el frente de sus representantes políticos, el CEO del holding Clarín también pone orden interno. Juntó a sus directivos y periodistas estrella para darles instrucciones sobre todos los temas, pedir que se preparen para las “guerras” que se avecinan y fijar orientaciones editoriales para el “periodismo independiente”, incluyendo un documento de trabajo sobre “la agresión gubernamental a los medios” (ver Diario sobre diarios, del 11 de agosto de 2010).

Cuando desde el Gobierno o desde el Frente para la Victoria se defienden a ultranza ciertas alianzas con determinados intendentes o dirigentes de dudosos pergaminos, o cuando se intenta disfrazar como militancia prácticas que son claramente clientelares, se incurre exactamente en el mismo error. La oposición suele rasgarse las vestiduras frente a estos hechos, señalando las incoherencias y contradicciones del Gobierno como si ellos mismos pudieran convertirse en acusadores sin pasado y hablar ahora desde el altar inmaculado de la transparencia. La ventaja del Gobierno es, sin lugar a dudas, que tiene un proyecto, un modelo que queda en evidencia a través de sus acciones. Está expuesto. Para recibir críticas y para concitar adhesiones. Se echan de menos por momentos algunos de los criterios de pluralidad, participación y transparencia que le dieron sentido y permitieron consolidar un proyecto que se estrecha por el solo hecho de designarlo como “kirchnerista”. Por eso, el oficialismo tampoco está exento del riesgo que significa apostar, a cualquier precio, por alianzas destinadas sólo a mantener el caudal electoral o a mejorar las encuestas. Son efímeras si no sirven para consolidar un proyecto político que profundice los cambios estructurales.

martes, 13 de julio de 2010

El poder natural

Por Washington Uranga

Las disputas planteadas en torno de la posibilidad de aprobación legislativa del casamiento para personas del mismo sexo pone al descubierto luchas de poder, resistencias y posiciones que estuvieron veladas en otras discusiones. Podría decirse que en este tema también aparece una realidad de la Argentina actual, permanentemente atravesada por las opciones a todo o nada, con un ribete maniqueísta que en la mayor parte de las ocasiones impide pensar.

Es sumamente paradójica la posición de la mayoría de los obispos católicos, acostumbrados a pronunciar homilías a favor del diálogo, la búsqueda de consensos y la tolerancia. En este caso ninguna de esas palabras alcanzó verdadero significado en las acciones que protagonizan y las que están impulsando, mucho más cercanas a la “guerra”, así sea de Dios, y a las cruzadas contra el mal, entendiendo por este último todo aquello que se oponga a sus certezas.

Es entendible que los obispos argumenten a favor de sus propias convicciones. No es aceptable que pretendan imponer al conjunto de la sociedad normas y criterios que ni siquiera pueden hacer cumplir dentro la propia institución eclesiástica. Salvo, claro está, que estén defendiendo en realidad una cuota de poder –real y simbólico– que ellos creen tener y que todavía les reconocen algunos sectores y actores de la sociedad argentina.

Los argumentos que pueden ser aceptables dentro del marco institucional católico carecen de validez para la sociedad actual. Fueron válidos en otro momento histórico, porque entonces la doctrina y los principios católicos estaban engarzados en mecanismos político culturales que los constituían en verdaderos y aceptables para la sociedad de ese tiempo. Lo “católico” era asumido como consenso social, incluso para los que no profesaban el catolicismo. Ya no sucede. No hay motivo para imponer al conjunto ciudadano valores que no le son propios.

Los obispos creen que si la sociedad se ordena sobre la base de criterios “católicos” ellos conservan poder. Y entre quienes se alinean detrás de las sotanas están los que ven todavía en la jerarquía eclesiástica una fuente de resistencia conservadora que expresa con más poder simbólico sus propias miradas, o bien quienes oportunistamente se suman a todas las campañas que se opongan a los cambios. Si es contra el oficialismo, mejor.

Como bien lo cuestionaba días pasados un lúcido documento de un grupo de curas católicos de varias diócesis que se distinguieron de las opiniones de sus jerarcas, es poco defendible el argumento de lo “natural” para oponerse al casamiento de las personas del mismo sexo. Lo “natural”, precisemos, no tiene que ver precisamente con la naturaleza, sino con la cultura y con el poder. Así hoy puede ser “natural” lo que ayer no lo era y a la inversa. Porque en realidad ese tipo de “naturaleza” que se pretende esgrimir está otra vez íntimamente vinculada con valores culturales, con el poder que en determinado momento tienen quienes lo impulsan y con el ámbito de aplicación. De esta manera puede considerarse “natural” el celibato obligatorio para los ministros dentro de la Iglesia Católica porque existen allí cuadros de valores y dispositivos de poder que así lo justifican. En el mismo sentido podría decirse que es “natural” en ese marco institucional que, a pesar de que se sostiene la igualdad entre el varón y la mujer dentro de la Iglesia Católica, sólo los varones pueden acceder al ministerio consagrado. En otro tiempo se afirmaba que la esclavitud era “natural”. Ya no lo es gracias a Dios y a los hombres que lucharon para abolirla.

A sabiendas algunos obispos están embarcados en esta cruzada porque aspiran a reunir detrás de sí a las miradas más conservadoras de la sociedad. No sólo de los católicos. También las de otros credos, como ha quedado en evidencia. No se trata de una cuestión de fe, sino de una mirada sobre el mundo, sobre la manera de entender la sociedad. Los cristianos evangélicos están hoy atravesados por el mismo debate. Los fundamentalismos afloran en todos lados, se unen, se acompañan y se solidarizan entre sí. El cambio aparece como el enemigo común contra el que hay que luchar.

Entre los costos que los obispos embarcados en esta campaña seguramente deberán pagar está el aumento de su pérdida de credibilidad social. La misma que abonaron con las complicidades, los silencios o la falta de compromiso ante tantas violaciones a los derechos humanos, con las actitudes timoratas o directamente cómplices frente a los delitos de Grassi o de Von Wernich y la multiplicación de los casos de pedofilia dentro de sus filas.

Es cierto también que todo esto sirve además para alentar el anticlericalismo ciego de otros. Una actitud, que aunque se ubique en las antípodas ideológicas, es tan sectaria e incapaz de admitir la diversidad como la que esgrimen los obispos a los que critican.

Vale preguntarse por las enseñanzas. Por lo menos se pueden señalar algunas. La primera: ya no es posible hablar de “la” Iglesia. Como ha quedado demostrado a través de muchas manifestaciones de católicos que no suscriben la opinión de sus obispos, la Iglesia Católica en la Argentina está lejos de ser un todo homogéneo. Y, al mismo tiempo, se puede decir que la fe católica no se corresponde, de manera automática, con la institucionalidad católica. Hay católicos y católicas que insisten en serlo más allá de su propia jerarquía.

Y por encima de todo, lo que queda de manifiesto es que como sociedad democrática todavía nos falta mucho para caminar hasta alcanzar un grado de madurez que nos permita admitir la diversidad, discutir en la diferencia y, como resultado de ello, crecer todos y todas, encontrando alternativas superadoras. Nuestros mal titulados diálogos siguen siendo simulacros porque carecen de verdadera vocación para dejarse enriquecer por las miradas diferentes.