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viernes, 2 de julio de 2010

Más que 6, 7 u 8 programas de archivo


Por Carlos Ulanovsky *

Claro que sí: hay muchos más. Sólo de lunes a viernes son diez, más dos o tres de conversación que también los utilizan. A esto deben añadirse seis ciclos de los sábados y dos del domingo. Lo dicho: veinte, más que seis, siete u ocho. Todo en TV abierta. En el cable la oferta se acrecienta.

Desde que existen los ciclos basados en archivos, los programas ya no son de nadie. De un modo impune, sin pagar un centavo de canon (en esto somos únicos en el mundo, donde 30 segundos de imágenes pueden alcanzar una cotización fabulosa), los canales se valen de momentos rutilantes ajenos y con eso arman contenidos a los que denominan originales. Para poner en escena esta clase de TV se nutren de situaciones como el detrás de escena más bizarro posible, los errores y las desmemorias ajenas, las tentaciones de risa, principalmente la autorreferencia. Y de un editor competente en la técnica del “Grabo, luego existo”, experto en elecciones de exabruptos, esos que en la emisión original casi todos miramos sin ver y escuchamos sin oír.

Probablemente todo haya empezado con las antologías de furcios políticos del psicólogo Miguel Rodríguez Arias, que llegó muy lejos en sus descubrimientos, porque los que faltaban a la verdad no eran cuatro de copas, sino figuras de la política que habían llegado al poder por el voto de los ciudadanos. Luego vino Perdona Nuestros Pecados (o PNP), de la familia Portal, que puso la lupa sobre otra pléyade de incumplidores de palabras y generadores de escándalos. Hasta que se sumó Televisión Registrada (TVR), que ya cumplió más de diez años ofreciendo un servicio esencial: el de desnudar fracciones del alma nacional, ésa a la que le perturba sobremanera un desnudo en horario inadecuado, pero no le hace ni mu la hipocresía más flagrante. En cualquier caso, cada uno a su manera, probaron que son mayoría los personajes que no resisten un archivo.

Lo que vino después –crisis económicas mediante, más el natural oportunismo de los que están en el medio– fue una permanente reproducción de las fórmulas originales. Por ejemplo, desde 2001 hasta hoy se estrenaron no menos de veinte ciclos archiveros. Y de 2004 a la fecha, incurrieron en el ventajerismo intolerable de vampirizar al programa líder en audiencia de cada temporada. El producto más reciente, Demoliendo teles (El Trece), está casi íntegramente basado en los dimes y diretes de ShowMatch. Esa misma noche, la del sábado, compiten el programa de Gelblung por el 13, Zapping (Telefe) y el ya clásico TVR (9). Pero no se habla tanto de ellos últimamente como de 6, 7, 8, otro producto de Diego Gvirtz, el hombre que en el 2007 declaró: “Hacemos periodismo subjetivo. Que es lo que hacen todos, sólo que nosotros lo blanqueamos explícitamente. No perseguimos la verdad, sólo opinamos. Tenemos una posición editorial. Tanto Duro de Domar como TVR representan una forma de pensar”, dijo entonces el factotum de la productora Pensado Para Televisión (PPT).

Aquellas declaraciones de Gvirtz tienen una manifestación desafiante y audaz en la producción que pone en el aire desde el canal estatal. Sus contenidos –sesgados, nada tibios– dividieron aguas, al punto de que miembros de la oposición los trasladaron al recinto legislativo como objeto de discusión. Desde su aparición, el envío intervino activamente y con una posición muy clara en casi todos los temas políticos de actualidad, como los de la puja no saldada entre el gobierno nacional, la oposición y algunos grupos de medios, especialmente Clarín y Uno. Se vuelve docente y de características únicas cuando descubre (en secciones como “La patria zocalera” o “Distinta vara”) procedimientos de medios y periodistas.
A pesar de falencias –poca variedad de invitados, proclamar opiniones como verdades absolutas, reiteración de imágenes, algún blanconegrismo conceptual que alcanza más a ajenos que a propios–, el programa aporta matices informativos necesarios y diferentes en el marco de un panorama mediático mayoritariamente hostil al oficialismo. El fenómeno generado por 6, 7, 8 no solamente lo ha rodeado de teleespectadores que encuentran en él informaciones que no figuran en la mayoría de los medios. Se podría afirmar que la identificación con el ciclo tiene signos de nueva y sorprendente militancia política. Algo notorio en ciertos actos públicos, en los que la identificación con el programa ofició como masivo estandarte de movilización.


* Periodista y escritor. Su último libro es Tato, el actor cómico de la nación

En la TV, nadie se resiste a utilizar el archivo.

Por Emanuel Respighi

Si algo faltaba para comprobar que la noche del sábado es el momento que los canales de aire eligieron para atrincherarse sobre sus intereses comerciales, políticos, ideológicos y/o televisivos, el estreno el fin de semana pasado de Demoliendo teles (a las 20.45, por El Trece) terminó por corroborar que los programas de archivo en dicho día y horario lejos están de pecar de ingenuos. Esa franja, otrora dedicada al relax cinematográfico o a programas de charlas distendidas y modos familiares, se ha convertido hoy en una suerte de territorio fértil e inimputable para que las emisoras descarguen de la manera más explícita posible todo tipo de dardos contra sus competidores y enemigos, dos términos que TVR, Zapping y el flamante Demoliendo teles suelen confundir todo el tiempo. Con sus diferencias y similitudes, con mayor o menor grado de sutilezas y artillería pesada, los tres programas funcionan hoy como brazos mediáticos armados que, incluso, superan a los noticieros como máximos representantes de una línea editorial.

Seguir creyendo que los programas de archivo, como se denomina al género que más se desarrolló en la última década en la TV argentina, deben el profuso lugar que ocupan actualmente en la pantalla chica local a los bajos costos y a la facilidad de producción es, al menos, analizar el fenómeno parcialmente. Basta ver el uso que los canales le dan a este tipo de programas para verificar que muy lejos quedaron de la mirada naïf con la que el precursor Perdona Nuestros Pecados inauguró en estas tierras el género en 1994, en el viejo ATC. Si por aquel entonces los programas de archivo se limitaban a repetir bloopers, furcios y todo tipo de perlitas inocuas, quince años después el género mutó y, al igual de lo que ocurre cuando la niñez le deja paso a la adolescencia, perdió cualquier atisbo de inocencia. Ya sea porque determinada temática mide, porque el programa funciona como difusor de otro o porque sirve para debilitar a la competencia o contrarrestar lo que ella dice, los ciclos que miran a la TV forman parte de una nueva era televisiva, donde la competencia trasciende la pantalla y las planillas de rating.

A tono con el momento político-mediático que la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual impuso, los programas de archivo se encuentran tironeados por este contexto y por sus pantallas emisoras como nunca antes. El nuevo estadio que atraviesan los ciclos que se miran el ombligo, parece, no permite medias tintas. Si anteriormente el valor de un programa del género descansaba en el nivel de hallazgos televisivos que retransmitía, mostrando aquello que se escapaba a los ojos de los televidentes, ahora su sentido de ser pasa exclusivamente por ser difusores acríticos de determinados programas o ideas políticas. O, por el contrario, como propagadores críticos de ciclos, personajes, funcionarios o gestiones de gobierno, desenmascarando sus contradicciones una y otra vez, como herederos del iniciático Las patas de la mentira.

En este aspecto, 6, 7, 8 y su periodismo militante es el máximo representante de la evolución del género, en tanto producto televisivo que se convirtió en protagonista activo y vital de la política nacional. La honestidad intelectual que transmite desde su explícita posición política ante cada temática de interés social, en medio de un sistema mediático cooptado por privados que no quieren perder su posición en el mercado, abrió en la pantalla chica un debate que ninguno de los programas de archivo ni periodísticos –incluido el mismo 6, 7, 8– posibilitan puertas adentro. Una discusión intraprogramas, intracanales, intraintereses, que el recorte sesgado y cada vez más directo del formato expuso ante un público que parece valorar la novedad. Los televidentes, así, transformaron la experiencia de ver tele en casi una acción ciudadana. Una que no está exenta de recortes ni manipulaciones sobre una realidad que cambia drásticamente al son del zapping.

Para entender el funcionamiento de la autorreferencialidad televisiva como caja de resonancia en donde todo lo bueno sucede en la pantalla propia y/o todo lo malo ocurre en casa ajena, basta analizar el contenido de las emisiones del último fin de semana de Demoliendo teles, TVR y Zapping, los programas de archivo de El Trece, Canal 9 y Telefe, respectivamente. Una tríada que sirve como botón de muestra de un formato en el que se compite por cuestiones mucho más relevantes que el rating televisivo.

Fiebre catódicade sábado por la noche
El estreno de Demoliendo teles acentuó la veta pugilística de los ciclos de archivo. Camuflado detrás de los acting de Luis Rubio y Diego Reinhold como un programa humorístico, el ciclo de Farfán TV demuestra el uso que en esta etapa la industria televisiva le otorga al género. Según se vio en el envío de presentación, más que repasar la semana televisiva, Demoliendo... servirá de sucursal propagadora de ShowMatch, la nave insignia de El Trece. Más allá de las cuestiones de forma, referidas a la lógica del videoclip que el ciclo desarrolla, el último representante en ver la luz sólo le dio lugar en su poco más de hora de duración a poner informes difusores de cuanta cosa pasó en el surrealista ShowMatch. Con el título de “ShowMatch demoledor”, Demoliendo... destiló la idea de que lo más destacado de la TV argentina es el programa de Marcelo Tinelli, como si el ciclo no tuviera ya suficientes antenas retransmisoras con Este es el show, Intrusos, Animales sueltos y una larga lista de ciclos de distintos canales que se valen de material prestado.

Pero como la nueva etapa del género no se contenta con posicionar y promocionar programas del canal emisor y/o aliado, Demoliendo... también se vio cruzada por inocultables intereses políticos. En ese punto, realizar un informe del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, con la Argentina compitiendo en instancias finales, basándose en lo mal que la pasó el seleccionado nacional en las Eliminatorias y las contradicciones maradonianas, además de viejo es (¿mal?) intencionado. Incluso, para Demoliendo..., Canal 7 sólo existió para mostrar dos errores de pronunciación de dos periodistas. La puja por los derechos del fútbol, que perdió el Grupo Clarín en favor de Fútbol para todos (programa que Diego Maradona apoyó con su presencia cuando se anunció), seguramente habrá sido un factor condicionante para el armado del segmento.

A un click de distancia, en Zapping prefieren hablar de Tinelli como aquel que hace cualquier cosa “para no perder público”, aprovechando buena parte de su emisión en demostrar esa hipótesis con cuanto recurso televisivo y tecnológico encuentren los editores de Eyeworks Cuatro Cabezas. En TVR, los cañones que siempre apuntaron a Tinelli parecen hoy estar destinados a la política mediática y al Mundial de Fútbol, que en el último envío se convirtió en temática casi exclusiva del programa. Para TVR y su ideología, Tinelli –otrora protagonista excluyente– pasó a convertirse en un “enemigo” demasiado chico en comparación con la Ley por el Matrimonio Gay, la puja por la Ley de Medios o el ADN a los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble. De hecho, en el envío del sábado pasado, por primera vez en mucho tiempo el ciclo no contó con ningún informe referido al programa que con sus retransmisiones condicionó la actualidad de la TV argentina definitivamente.

Género de impensada incidencia social, mediática y política, por la manera en que están producidos sus ciclos y su atractiva edición televisiva, el de “archivo” desplazó en la actualidad al noticiero como constructor de realidades. La tendencia televisiva hacia la espectacularización de la información, la exposición visible de los intereses en juego y la lógica mediática belicosa –tanto para la política como para la farándula– hicieron del “archivismo” el formato predilecto de los canales para motorizar/condicionar/digitar la opinión de los que están del otro lado de la pantalla, rehenes de un ecosistema mediático inédito. En materia de archivo televisivo, está visto, el que esté libre de intereses, que tire el primer tape a la basura.