viernes, 18 de junio de 2010

Lo que se mira por tevé


Por Mario Wainfeld

El Mundial de 1970 fue el primero en ser transmitido en directo por tevé para la Argentina. Hasta entonces las imágenes no llegaban o lo hacían días después, enlatadas, como ocurrió en Inglaterra ’66. El imaginario de los hinchas, pues, lo formateaban los medios, la radio muy especialmente. En la década del ’60, el relator hegemónico era José María Muñoz, que hacía el bocho del público, contra la oposición parcial de la revista El Gráfico que practicaba un periodismo crítico y bien escrito. Pero la transmisión en vivo maleaba las conciencias, de modo irrebatible. Cuando se veía la grabación, con tremendo delay, la opinión pública ya estaba convencida. Muñoz, entre varios, practicaba un periodismo exitista, apegado al poder político y deportivo. Fue una era de conformismo, de denuncias de arbitrajes ominosos contra la Patria, de campeones morales en fútbol y en boxeo por entonces muy popular. “Perdimos, nos afanaron” era la secuencia más habitual.
El advenimiento de las imágenes mejoró la ecuación del espectador, que pudo percibir en Alemania ’74 que la Selección era inferior a muchos de sus rivales. Esa revolución del saber popular quizá condicionó el cambio de paradigma en el manejo de la Selección, que derivó en la llegada de César Luis Menotti. Quizás...
Cuando está tan en boga la polémica sobre la relación entre medios y audiencia es de manual resaltar que, aun cuando se ven los hechos, el editor conserva una primacía significativa. El que edita siempre elige, hasta cuando ofrenda una multitud de cámaras. A la vez, el espectador no es manco ni pasivo: se defiende, valiéndose de su capacidad de decodificar los mensajes. Un ejemplo costumbrista cotidiano, que se repite ahora, es el debate que divide cualquier auditorio cuando un mismo partido es transmitido por varios canales. No hay hincha carente de preferencias y de vetos respecto de relatores y comentaristas. En un país de cultura y tradición mestiza cunde la tercera posición: ver la tele y escuchar la radio. En ese territorio alternativo prima Víctor Hugo Morales, desde mucho antes de embanderarse en la polarización política de los años recientes.
Con todas las precauciones y con una platea desconfiada y de espíritu crítico, los colegas especializados en deporte consiguen mechar el sentido común con tópicos que invaden la tertulia de café de laburo. Algunos son irrebatibles como la disfuncionalidad de la pelota de este torneo. Otros se van deshilachando, como aquel que extrapolaba el aburrimiento de la primera ronda y signaba el futuro del certamen. En la segunda vuelta, superados el miedo escénico y la tendencia especulativa del debut, los partidos son más dramáticos, se convierten más goles y pierde sentido conformarse con el cero a cero y hasta perder por un solo gol.
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La narrativa de medios y de sponsors en las vísperas y en el inicio de los mundiales es insoportable, en promedio. La primera persona del plural prima en los relatos y en las propagandas: “todos somos Argentina” es uno de los slogans más socorridos. Se sostiene aún ante un traspié que no deje afuera al equipo. Pero si, ay, llega la eliminación (el sino inexorable de todos menos uno), el enfoque cambia. Seamos justos con los mercaderes: los sponsors son, en esa hora de dolor, más piadosos que muchos cronistas. Los integrantes vicarios del equipo, como la carroza de Cenicienta, se transmutan, no en calabaza, sí en caranchos. Es interesante escuchar o leer cómo mechan (en medio de los festejos que no osan contradecir) datos acerca de “huevitos de la serpiente” que podrán ser puestos en primer lugar cuando hablen, en tercera persona, de “ellos”: los jugadores si son vencidos.
Diego Maradona conoce esas peripecias y está en alerta permanente. Por eso su mensaje, como el de sus antagonistas agoreros, tiene elementos preventivos. El técnico no sabe de ambigüedades, así que anticipa la batalla. Quizá Sun Tzu lo haya aconsejado en sus textos tan abusivamente citados. Maradona (que es autodidacta) usa las conferencias de prensa para demarcar el campo de batalla. Ayer se dio el lujo de reanudar relaciones con Michel Platini, pero lo hizo a costa de acusar a los periodistas de haberle mandado carne podrida distorsionando declaraciones del ex crack francés. Y disparó otra vez contra Pelé, uno de sus blancos favoritos.
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El mensaje de Maradona es complejo y se propaga todo el tiempo. Su cuerpo y su actitud son diferentes a su grito feroz frente a la cámara en el Mundial del ’94, preludio de su caída en la debacle y la efedrina. O de la bronca desparramada en el Centenario de Montevideo tras la clasificación. La rabia en el grito y en la celebración es connatural a los argentinos, no exclusivamente al “10”. Pero, hasta acá, empilchado con seriedad, Maradona se esmera en mostrarse cálido y calmo a la vez. Hasta aquí, le sale bomba.
En la conferencia Maradona resaltó que habla mucho con los jugadores, que hay reuniones para conversar todo y que prefiere consensuar a imponer o castigar con multas. ¿Habrá suspicaces que asocien su viraje al consensualismo con el giro a la moderación del kirchnerismo en mayo y junio, bajando considerablemente los decibeles? Sería una demasía, la autonomía del DT es innegable.
La exaltación de las reuniones y el diálogo tuvo corroboraciones en la cancha. La más saliente fue el largo palique con Juan Sebastián Verón, durante una interrupción del partido contra Nigeria. Como pescó bien el blog Revolución en tinta limón, el técnico escuchó (pongámosle, audiblemente) al jugador. Una praxis exótica, por lo general. Desde el banco se grita, se sobreactúa, se emiten consignas, con gestualidad castrense o cuanto menos con la superioridad del sabio. Foucault y Lacan se perdieron el discurso de poder de los técnicos, una lástima.
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Otra imagen fascinante para el cronista fue el abrazo a Martín Demichelis al final del partido de ayer. Demichelis cometió un error grave que costó un gol y causó un bajón de Argentina. Maradona, que se saludó con todos los jugadores, alzando a algunos como Lionel Messi, le dedicó al infortunado defensor bastante más tiempo que a los demás. Lo estrechó con fuerza, le habló al oído, lo acarició. Diego, baqueano en el territorio mediático, sabe que ese gesto les habla a varios auditorios: al destinatario, más vale, pero también a millones de televidentes. Esa dualidad mágica, que conocen todos los que han participado en medios audiovisuales, potencia el valor de la caricia. Maradona bancó a Demichelis hablándole en confidencia a él y en megáfono a la tribuna. Esta y Demichelis tomaron nota.
Jonás Gutiérrez recibió otro espaldarazo, al que compensó con mejor juego que el sábado pasado. En esos detalles, supone el cronista, se destaca que Maradona es mucho más jugador, hincha y líder grupal que técnico. Tales sus calidades y falencias, cuyo rendimiento es un arcano que se irá descifrando partido a partido.
Porque, ya se sabe, los resultados son muy condicionantes. Una metida de pata como la de Demichelis, una macana como la que cometió el arquero de Nigeria en medio de dos partidos perfectos, hibernar como Argentina en la primera mitad del segundo tiempo contra Corea pueden ser la cifra del adiós a la Copa.
Habrá que ver, repetir cábalas los que creen en ellas. Entre tanto, la Selección mejoró su desempeño respecto del día del estreno. Contra Nigeria logró dos de las tres “G” del mandato futbolero: ganó y gustó. Ayer añadió la tercera, golear. Y otra más, el famoso punto G porque por momentos excitó al nivel gozoso y doloroso que (hasta donde llega el saber del escriba) sólo prodigan el fútbol y los orgasmos.

Reconfigurar la trama

Por Washington Uranga

El país se llena de aspirantes a la presidencia. Más de un año antes de la elección, y cuando todavía resta atravesar por el nuevo proceso exigido por las elecciones internas, los dirigentes políticos no quieren dejar de anotarse en la carrera. Seguramente muchos de ellos entienden que, de no salir rápidamente al ruedo, correrían el riesgo de no “instalarse” con posibilidades. Lamentablemente ese proceso de generación de candidaturas y de visibilidad de los aspirantes a la presidencia sigue careciendo por el momento de propuestas integrales que expresen un modelo económico-político-social y cultural superador y no meramente una vuelta atrás, una suerte de restauración de tiempos pasados o, desde otro lugar, la suma de reproches e iniciativas aisladas de por lo menos dudosa viabilidad y factibilidad.

Puede decirse que, de alguna manera, el oficialismo está eximido de ofrecer propuestas. Puede ser así porque la propia gestión de gobierno implica una forma de exposición –por demás contundente– de lo que se pretende y del modo de hacerlo. Es una ventaja. También una dificultad, porque se es el blanco más fácil para las críticas. Sólo el que está haciendo puede ser evaluado y hasta cuestionado. Pero también es posible –aunque algunos podrían considerarlo ingenuidad política– ensayar algunas autocríticas respecto de lo realizado. Quizá no sea del todo malo, también como método político, dejar de lado los fundamentalismos y mostrar de qué manera se puede aprender de la experiencia en términos integrales. No sólo recordando los aciertos, sino reconociendo los eventuales errores y proponiendo el modo de superarlos.

Desde la oposición, cualquiera sea el alineamiento ideológico o partidario, es totalmente insuficiente el ejercicio constante de la crítica como única palabra. La mera crítica no sirve para construir un modelo o generar una propuesta de gobierno. Mucho menos cuando esas críticas se refieren a situaciones o hechos aislados y a flancos débiles que ciertamente tiene la gestión actuante, eludiendo la mayoría de las veces dos criterios que son fundamentales para entender lo que pasa: los hechos no pueden ser analizados sino en el marco de los procesos y vistos en el espacio del contexto en el que se producen. Hacerlo de otra manera impide ver. Y cuando alguien recorta a propósito una situación, la aísla del entorno que le da sentido, de las circunstancias que la antecedieron y los horizontes hacia los que se proyecta, habrá que concluir que existe la maliciosa intención de tergiversar. Nadie puede desconocer que este tipo de recortes se da en medio de una batalla política que no sabe de concesiones. Pero también es bueno tener en cuenta que no podemos seguir admitiendo como válido el principio de que “el fin justifica los medios”. Porque recortar, fragmentar y sacar de contexto es una forma de engaño, es una manera de mentir y no puede justificarse ni por los errores del adversario ni por la intención, supuestamente altruista, de alcanzar un escaño político desde el cual hacer propuestas superadoras.
Sólo a modo de ejemplo: no se puede decir que la versión actual de la Asignación Universal por Hijo es mala simplemente porque lo realizado no responde al modelo que el dirigente de turno tiene en su cabeza o porque la implementó el gobierno al que combate. Es honesto sostener que se trata de una medida perfectible, pero reconociendo también que introduce una mejora sustancial en la calidad de vida de las familias más pobres y que concreta un anhelo de muchos sectores de la sociedad. Incluidos algunos actores políticos que hoy la critican. No se puede desconocer el aporte de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o desautorizarla por las eventuales distorsiones en su aplicación cuando, vía la judicialización, hasta ahora se impidió su efectiva puesta en práctica. Respecto de este último tema, la miopía impide ver (y reconocer) que, en la eventualidad de un cambio de orientación política en las próximas elecciones, los principales beneficiados de la ley serán aquellos que hoy, desde la oposición, se ensañan en contra de la norma.

Independientemente del lugar, del oficialismo y de la oposición, para todos queda un capítulo pendiente: encontrar los caminos de una participación ciudadana efectiva, despegada del clientelismo y de las adhesiones automáticas. ¿Será posible que este tema se incluya en la agenda política que viene? Hacerlo puede significar un paso adelante en el camino de la democracia formal a la democracia real. En esa senda habrá que volver a meditar sobre instancias concretas y tangibles de democracia participativa como complemento necesario del espacio representativo. Todo lo cual supone reconfigurar la trama de las relaciones sociales y políticas en vista de una nueva y más equitativa redistribución del poder político en la Argentina. ¿Será posible? Los ejemplos más cercanos no aparecen precisamente en los aparatos partidarios sino en las organizaciones y en los movimientos sociales, aunque estén muy lejos de la perfección. ¿No habría que girar los ojos hacia allí para repensar la política?
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jueves, 17 de junio de 2010

El peor equipo


El cardenal Bergoglio ya tiene la lista de amigos para el mundial del 2011 en Argentina. Los seleccionados son;


Roberto Dromi; cerebro del desmantelamiento del estado durante los noventa.

Ernesto Sanz; enemigo de la AUH

Hilda Duhalde

Francisco De Narvaez; el millonario

Jorge Vanossi: amigo de consulta de Clarín

José Horacio Jaunarena: ex ministro de defensa de los gob. de Alfonsin y De La Rua. Impulsor de las leyes de obediencia debida y punto final.

López Murphy: ex mtro de economia.

Enrique Nosiglia:

Andres Delich; ex mtro de educación con De La Rua.

Jesus Rodriguez

Juan Pablo Baylac

Pepe Scioli

Armando Caro Figueroa: ex mtro de trabajo, compañero de formula de D. Caballo.

Margarita Stolbitzer

Pepe De la Sota

Bermang:

Guillermo Montenegro


Estos son los primeros 17. Se pueden sumar más. Por supuesto Duhalde, que no fue pero mandó su adhesión.







lunes, 14 de junio de 2010

Sí, sí, pero

Por Osvaldo Bayer

Sí, sí, ganamos... pero. Sí, la Pulga, bien. Verlo nos hizo volver a aquellos años ’30 y ’40, aquel Moreno, aquel Cherro, ese Sastre, De la Mata. Para no hablar del Torito Aguirre, el mejor de todos y además canaya. Pero ayer parecía que imitábamos a los ingleses. El pase justo, todo calculado, sin sudar la camiseta. Mientras los africanos jugaron a lo rioplatense de antes, la gambeta, bien sudados, todos para adelante, luchando la redonda hasta la raya. Pero eso sí. Messi. Para aplaudirlo, tiene mucha mostaza. Y el cabezazo del Gringo que nos hizo respirar y esperar tranquilos a los chinos de Corea. Sí, y otro más, el que nos salvó con su cabezazo matemático, el Gringo Heinze, natural de aquellas colonias santafesinas tudescas de donde venimos varios. Pero después, todo como juego de señoritos, mientras la negrada se comía el césped de puras ganas de jugar. Además, ¿por qué Maradona siempre en pantalla? Se vieron más escenas de Maradona que de la pelota. La chantada en colores, esta vez vestido como un niño bien de la calle Florida y mirando desde lo alto como el Espíritu Santo. Falta que le recemos una oración en vez de cantar el Himno al empezar...
El mejor jugador del partido fue sin duda el arquero africano. Las paró todas, menos el cabezazo del Gringo.
De los demás nuestros podemos hablar bien del arquero Romero, un guardavallas que me hizo recordar a aquel Bossio, a Yustrich, a Bello, a Gualco, que vi jugar bajo los palos cuando niño y que con los dedos en la boca pegaban un silbido a los compañeros para que se avivaran que podía venir la carga por la izquierda y dos chiflidos si venían por derecha.
Sí, ayer jugaron bien los argentinos pero les faltó algo más, más alma, más entusiasmo, más calor. Apenas por un gol, porque chingamos muchos otros, pero ellos también, los africanos estuvieron varias veces ahí nomás del empate. Debo decir que, más allá del frío del equipo, también me gustaron –además de Romero y la Pulga (el mejor), el Pipa, el Galgo, la Bruja y La Fiera y, como ya dije, el Gringo, por su cabezazo que nos salvó. A lo mejor, ese cabezazo es el que nos clasifique, pero vamos a ver cómo nos va con esos japonesitos de Corea que ya dejaron a los griegos en el camino.
Apenas uno a cero. Y menos mal que llegó pronto el final. Con nostalgia recordé aquello que nos hablaban los mayores, cuando los argentinos en 1928, en el Mundial de Amsterdam, les ganamos 11 a 2 a Estados Unidos, 6 a 3 a los belgas y 6 a 0 a los egipcios. ¡Qué tiempos aquéllos! Claro, perdimos la final 2 a 1 con los uruguayos, pero los periódicos nuestros disimularon la derrota titulando: “Triunfó el fútbol rioplatense”. ¡Qué tiempos aquéllos, repito! Bueno, empezaríamos por decir que en esa época el fútbol no se jugaba dinero de por medio, era amateur. Los jugadores nacían y morían defendiendo a un solo club, esa camiseta.
Pero no hablemos de ese tema... porque nos pondríamos a ventilar el poder del dinero y estamos en la sección deportes. Vivamos también la ilusión de que hoy lo hacen por la camiseta. Este viejo del tablón –“tablón”, palabra que se usaba antes para designar a la tribuna– va a tratar de “modernizarse”. No vamos a aguar la fiesta, por el momento.
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viernes, 11 de junio de 2010

¿Fiesta o siesta?

Por Mario Wainfeld

¿La fiesta de todos o la siesta de todos? La polémica, ya añeja, se renueva cada cuatro años. Pan y circo, alienación, despolitización, denuncian académicos y políticos elitistas. Nacionalismo facilista, idolatrías temporarias, aprovechamiento comercial, advierte cualquier costumbrista. El tópico no es nuevo, aunque cada coyuntura le añade su condimento. La regla es que los gobiernos de todo linaje (autoritarios, dictatoriales, democráticos, de cualquier tramo del espectro ideológico) aspiran a que los pueblos, “la gente” o como quiera llamárselo, tengan un rato de distracción y felicidad. La Argentina proporciona ejemplos canónicos, debates irresueltos como el Mundial del ’78. Hoy en Sudáfrica, entre otras cuestiones más atractivas, se reabre esta controversia, sazonada con datos novedosos: la disputa por los relatos de la realidad, la disputa sobre el rol de los medios, la centralidad (siempre disruptiva) de Diego Maradona. La alegría masiva e inesperada de los festejos del Bicentenario redondea el cuadro.
Para empezar, convengamos que el Mundial roba cámara. Y cómo. Otros tramos de la realidad, “la política” por caso, ceden terreno y visibilidad. El fenómeno, que seguramente ya sucedía cuando el circo romano, tiene una dimensión formidable cuando la actividad pública es, en sustancia, mediática. Todos los protagonistas lo asumen y adecuan sus tácticas. A nadie se le ocurrirá llamar a conferencia de prensa en días absorbidos por el fútbol. Ningún diputado anunciará un proyecto de ley en las vísperas o en el día de un partido crucial. Ningún juez filtrará el adelanto de una sentencia ni firmará una resonante en esos trances. Hasta en los intermedios, la omnipresencia futbolera achicará los espacios en diarios y medios electrónicos. Lo que podría ser una tapa, en tiempos “normales”, devendrá una nota. Un título de cuatro columnas correrá el riesgo de transformarse en un pirulo de diez líneas, en un contexto celeste y blanco. El ágora, que en buena medida son los medios, está copado (en la doble acepción del término) por la pasión de multitudes.
Conviene no exagerar, la realidad no se detiene, irrumpe hasta en las transmisiones en directo. La crónica lo registra. El primer partido mundialista transmitido en vivo para la Argentina, la apertura de México ’70, era interrumpido por anuncios oficiales sobre el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu. Varios de sus ejecutores (Fernando Abal Medina, Norma Arrostito, entre ellos) eran identificados con fotos de prontuario y señalados por comunicados de la dictadura. En el transcurso del Mundial ’74 en Alemania murió Juan Domingo Perón. El duelo nacional abarcó el levantamiento del aire del último partido de la Selección, ya eliminada.
La puja distributiva seguirá, el canje de deuda continuará sus devaneos, algún suceso romperá la inercia. Pero el clima mundialista forzará conductas condignas de dirigentes variados. Si se anhela ganar empatía con el público, habrá que mostrarse hincha, interesado, macanudo, positivo. Si hay victoria, todos se subirán al carro triunfal. La derrota dividirá aguas, habilitará perspectivas de “capitalización”, narrativas divergentes. El éxito, se supone, es pro oficialista. El fracaso o la catástrofe, cabe aventurar, podrá ser caldo de cultivo opositor.
Sudáfrica llega en un contexto fascinante y enardecido de disputa sobre el rol de los medios, sobre los modos de narrar la realidad. La polémica es tremenda, a veces tan despiadada como iluminadora. La ley de medios divide aguas y se entremezcla (acaso en exceso) con el enfrentamiento entre el kirchnerismo y los grupos multimediáticos, con Clarín a la cabeza. Gran cultor del futbolcentrismo, de la crítica mezclada con la cultura del hincha, el multimedios topa con una instancia inusual, que puede inducirlo a reformar lo que fue su canon durante décadas. Se pispeó en estos días donde la saga de los barras bravas fue preponderante respecto del microcosmos de la pelota.
De cualquier modo, ningún actor político (los medios lo son) elige ser piantavotos. Los primeros pasos acompañarán la ilusión, aunque mechándola con reproches preventivos a la dirigencia de AFA. Julio Grondona, el “fútbol para todos”, las peculiaridades del DT argentino están bajo sospecha. Su asociación al Gobierno es un factor de ruptura, que estallará ante resultados adversos.
No es pura epifanía, siempre hubo algo de eso. El patrioterismo exaltado que provoca publicidades insultantes para la inteligencia deviene inquisición si el equipo es eliminado. Las monedas a los jugadores que volvían de Suecia ‘58, la defenestración de técnicos profesionales, circunspectos y estimables como Marcelo Bielsa y José Pekerman lo corroboraron en el pasado. Pero, en el escenario vigente, una defenestración del cuerpo técnico o de la dirigencia de AFA conllevará (o pondrá en lugar estelar) al propio gobierno nacional: se lo caracterizará como su aliado, su mentor, el promotor del desorden, la bronca y la inconducta. La personalidad de Maradona agrega un voltaje especial, más vale.
Maradona es políticamente incorrecto, divisivo, peleador. Un cultor del conflicto como modo de expresión y acumulación de poder, un émulo de Ernesto Laclau sin saberlo. Diego siempre se pelea con alguien, con “ellos”. Se memora poco, pero en el Mundial del ’86 hacía punta con sus compañeros coreando “Argentina va a salir campeón/Argentina va a salir campeón/ se lo dedicamo’ a todos/la reputa madre que los reparió”. “Todos” eran, básicamente, los compatriotas incrédulos, muchos periodistas, algunos diarios. Lejos estuvo de ser magnánimo, de dispensarles un gesto fraterno, reparador. Esa querella continúa, se hizo slogan reo o guarro en la inolvidable conferencia de prensa en Montevideo tras la clasificación sufrida y agónica.
El “10” es un ídolo querido allende sus caídas y sus errores, pero dista mucho de ser un modelo ejemplar, un prócer acartonado digno de la historia oficial. Provocador, belicoso, intransigente, deslenguado, una mayoría aplastante le avala lo que fuera. Pero deja flancos a la crítica, por sus acciones personales y por sus opciones futbolísticas. La relación de los técnicos de la Selección con la opinión pública es fascinante e inexplorada. Ninguno puede evitar ser arrastrado a convocar al “equipo de todos”, porque sería demasiado desafío a la tribuna. Pero ninguno se priva de elegir jugadores inopinados o colocarlos en puestos inesperados o de prescindir de “imprescindibles”. César Luis Menotti relegó al propio Diego en el ’78 y se obcecó con Olguín. Carlos Bilardo se jugó por Cuciuffo. Diego tiene sus berretines, sus zonas grises: la ausencia de marcadores laterales con oficio, la rara ubicación de Jonás Gutiérrez. Esos hallazgos serán valorados a la luz del score. Y la figura del técnico, que es fácilmente asimilable a la caricatura del kirchnerismo que dibujan sus adversarios (y a veces sus partidarios), también.
Los fastos del Bicentenario sorprendieron a casi todos y significaron (reconoce la flor y nata la clase política) una comprobación de buen humor colectivo y un envión para el Gobierno. El cronista entiende que esos climas son efímeros y no cree que produzcan drásticas mutaciones electorales, que obedecen a cambios más profundos y más perdurables. Pero la fiesta colocó al oficialismo del lado de la “buena onda”, comprobó que los ciudadanos del común quieren sacarle jugo a la vida y disfrutar de un buen cuarto de hora, si cuadra. El Mundial, que a diferencia de los festejos es a cara o cruz, nace bajo su auspicio. Poco más puede atisbarse hoy, pero es presumible que vendrán en combo en los análisis ex post.
La historia reconoce continuidades pero es dialéctica, nadie se baña en un mismo río, menos si ha transcurrido un cuatrienio. Las derrotas dolorosas (Suecia, la eliminación contra Perú para ir a México ’70, la goleada de Colombia en River) crían cuervos y buitres. Cultores del “yo lo dije” proliferan por doquier.
El éxito es, en el espacio público, a menudo insoportable. Acuna chupamedias insufribles, sponsors con patriotismo de opereta, ricos y famosos indignos de su fama que se embanderan, literalmente. Y moralejas berretas acerca de las lecciones que un equipo exitoso destina a la sociedad argentina, tan imperfecta ella.
Siempre sucedió, sucederá esta vuelta, con sus matices. Ni ganar evitará tener que tragar sapos. Igual será una fiesta, como la que describió el imbatible Serrat. Hoy vamos subiendo la cuesta, ricos y pobres. Son contados los argentinos (de cualquier color ideológico o político) que no tienen un hincha adentro. Y los hinchas, ya se sabe, prodigan una fidelidad a la camiseta que ya la quisieran los partidos políticos o los cónyuges.
En el transcurrir, también se tratará de obtener tajada política, lo que es lógico en democracia. E inevitable en un contexto más politizado que la media de los años recientes.
En tránsito a la fiesta, el cronista (hincha él, con demasiados mundiales vividos) fantasea con el buen juego y la victoria de los muchachos. Y con un rato de felicidad para los argentinos de a pie que, en una sociedad cruelmente desigual, son en su mayoría pobres. Espera que el equipo luzca, que Messi estalle de una vez, que los delanteros (que están entre los mejores del mundo) rompan redes, que el arquerito ataje todo, que Mascherano y Jonás rieguen de sudor y solidaridad la gramilla africana.
La historia no frenará su curso ni las contradicciones tocarán a su fin. Un día, que se espera lejano, acabará la fiesta. Persistirán las condignas luchas por la igualdad, por el salario, contra la discriminación y el gatillo fácil, por el cambio en la correlación de fuerzas. Volverán el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Si vuelven con la Copa, mejor.

miércoles, 9 de junio de 2010


Por Ricardo Forster


El titular de La Nación del último domingo no deja de ser sorprendente de acuerdo con la beligerancia sostenida e inclemente que el diario de los Mitre viene manteniendo hacia el Gobierno nacional. Tomando las cifras de una encuesta que hizo Poliarquía al día siguiente de los festejos del Bicentenario, titula: “Después de dos años mejoran las expectativas sobre el país”, y en letras más pequeñas agrega que “Un 35 por ciento cree que 2011 será más favorable; la percepción negativa de la realidad bajó un 22%”. ¿Ha cambiado acaso la perspectiva política de los editores del centenario matutino? ¿Habrán sido tan contundentes las cifras mostradas por la encuesta de Poliarquía que no tuvieron más remedio que aceptar lo inaceptable? ¿Cómo es posible, se estarán preguntando, que unos festejos multitudinarios hayan cambiado de ese modo el humor de una parte sustancial de la población? ¿Habrá habido alguna otra cosa que permaneció invisible o fue ocultada por los grandes comunicadores? ¿Se habrá quebrado el mito de un kirchnerismo aislado y en retirada e incapaz de generar apoyo social? ¿Será, acaso, que los editores de La Nación están saliendo de la burbuja en la que estaban viviendo y desde la que veían, retrataban y analizaban el país?Cualquiera que, una vez leído ese titular, se dirija a las últimas páginas en las que podrá detenerse en el editorial y en las columnas de sus dos periodistas estrella (Grondona y Morales Solá), verá inmediatamente que la hostilidad hacia los Kirchner sigue inalterable, que el rencor no ha mudado en reconocimiento y que su retórica sigue apuntando a homologar el gobierno de Cristina Fernández con lógicas autoritarias y escándalos de corrupción.Claro que el lector atento percibirá una alta dosis de preocupación ante este giro en el humor social, se encontrará con los lamentos de quienes se desesperan al comprobar, una vez más, el desbarrancamiento de la oposición y la enorme capacidad demostrada por sus enemigos acérrimos a la hora de generar políticas que atraviesan tanto lo económico como lo cultural simbólico.La preocupación de La Nación tiene una fecha obsesivamente señalada: las elecciones presidenciales de octubre del 2011, esa fecha que meses atrás ni les preocupaba porque creían que después de la derrota de junio del 2009 los Kirchner no podrían hacer otra cosa que preparar su retirada. Se han equivocado y lo saben. Veremos cómo encaran esta etapa atravesada por las irradiaciones, que todavía habrá que seguir observando con muchísima atención, de los festejos multitudinarios e históricos del Bicentenario.A La Nación le perturba profundamente el valor político cultural de un acontecimiento que no sólo le devolvió un protagonismo extraordinario al pueblo sino que incorporó de un modo arriesgado y creativo una interpretación atípica de la historia argentina junto con una resimbolización de la travesía latinoamericana. Los herederos de Mitre, los cultores de una historia oficial que invisibilizó a los débiles y a los derrotados, que catapultó al panteón de los héroes a su fundador y al general Roca y a toda la saga liberalconservadora se quedaron de una pieza al comprobar quiénes pasaron a ocupar la galería de los patriotas latinoamericanos (¡qué escándalo que allí estuviera un indio como Túpac Amaru o un revolucionario como el Che! ¡Qué humillación que Salvador Allende y Emiliano Zapata nos observasen desde la altura de su heroicidad! Y, escándalo de los escándalos, que un bandolero como Pancho Villa y un rebelde indómito como Túpac Catari estuvieran en ese salón inimaginado para recordarnos la lucha de los campesinos y de los pueblos originarios).Porque los ideólogos del conservadurismo argentino comprenden perfectamente el altísimo valor político y simbólico que tuvo ese extraordinario gesto de Cristina Fernández, acompañada por gran parte de los presidentes de Sudamérica, que no sólo supuso reivindicar figuras descollantes de la historia continental sino, fundamentalmente, apuntalar un proceso de reescritura de esa misma historia.Una reescritura que también estuvo en el descomunal desfile de Fuerza Bruta, un hecho artísticopolítico deslumbrante y que dejará su huella en la memoria colectiva, en la proyección desplegada en las paredes del Cabildo y en la definitiva incorporación de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo en la avenida principal de nuestra narración histórica. Acontecimientos que perturban de un modo elocuente y decisivo lo que hasta ahora había sido la interpretación dominante y recurrente de la saga nacional.Son momentos fundacionales aquellos que no sólo expresan la reaparición del pueblo en la escena sino que también modifican el imaginario colectivo a la hora de revisitar el pasado argentino y latinoamericano. Y los ideólogos del conservadurismo lo saben muy bien y expresan su honda reocupación. Por supuesto que intentarán reducir este giro del humor social a los efectos del Bicentenario y buscarán desdibujar lo que, a lo largo de estos años, fue recreando la posibilidad misma de un acontecimiento inesperado como lo fue el derrame de pueblo que no salió sólo a festejar una fecha magna o a divertirse escuchando a sus artistas populares, sino que participó de un modo insospechado en la trama más decisiva y significativa de aquello que se desplegó durante cuatro días alterando lo que supuestamente parecía un desencuentro entre un gobierno asolado por sus errores y fatalidades populistas y esas multitudes que salieron para darle visibilidad tanto a su actualidad como a las marcas de una historia que todavía persiste entre nosotros.Lo sorprendente y lo extraordinario se vinculó con las grandes transformaciones y los no menos significativos debates de estos años que podríamos ejemplificar, para no hacer una lista demasiado larga, en dos experiencias decisivas: el camino novedoso que siguió el debate en torno de la nueva ley de servicios audiovisuales, un debate que caló hondo en la sociedad mostrando aquello que la corporación mediática no quería mostrar de sí misma y, por otro lado, lo que ha significado en términos de reparación social y de devolución de ciudadanía a los sectores más vulnerables y vulnerados por las políticas neoliberales la decisión presidencial de implementar la asignación universal.Un acontecimiento que atravesó lo cultural- simbólico, que se metió de lleno en la distribución igualitaria de la palabra y que puso en evidencia la concentración monopólica de la comunicación y de la información, y otro que inició un camino de reparación fundamental, ese mismo que se relaciona con las políticas de protección del trabajo y del salario y que marchan a contramano de las brutales políticas de ajuste que se están implementando en muchos países europeos.Democratización de la palabra y reconstrucción del tejido social, hechos centrales que están en la base de un acontecimiento que si bien asumió la forma de lo inesperado se entrelaza con aquello previo que los grandes medios de comunicación, La Nación entre ellos, buscaron siempre minimizar y hasta invisibilizar.Harían bien los editorialistas del diario de los Mitre y de sus actuales herederos en preocuparse ante una realidad que les devuelve, y nos devuelve, una imagen que no hubieran imaginado ni en su peor pesadilla, aquella que les muestra que algo inquietante y decisivo sucede en la historia de un país cuando las masas populares transforman los festejos de una fecha histórica en la demostración de un pueblo con ansia de participar y de apuntalar aquello que apunte directamente al corazón de la memoria de la equidad y a la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria.Algo de ese deseo se expresó en el fervor del Bicentenario, y algo de esas intensidades quedaron retratadas en la sorpresa del establishment ante lo que no podían ni prever ni imaginar.

lunes, 7 de junio de 2010

Los ciudadanos periodistas

Por Washington Uranga


La conmemoración del Día del Periodista puede resultar una buena oportunidad para hacer una pausa y reflexionar sobre la profesión, pero sobre todo, acerca de lo que esta labor significa en el escenario de la Argentina actual. Para ello será necesario entender que el periodista no es sino un eslabón –importante, pero sólo un eslabón– de una cadena de actividad humana entendida como la comunicación. La comunicación –el proceso de comunicación, para ser más preciso– es una práctica social cooperativa de la que participan empresas, ciudadanos, dirigentes, líderes económicos, sociales y políticos y, también, los periodistas. Si alguno de estos actores falta, falla la comunicación. Es cierto que, de la misma manera que los maestros y docentes son vitales para la educación, los periodistas lo son para la comunicación. Pero su importancia estratégica vale, en todo caso, para medir su responsabilidad y, en ningún caso, para arrogarse derechos por encima de los restantes actores del sistema. Los periodistas, aunque nos cueste admitirlo, nos equivocamos mucho y frecuentemente. Sirva lo anterior para sostener, tal como lo afirmó el prestigioso periodista colombiano Javier Darío Restrepo en una conferencia recientemente dictada en Bolivia, que el profesional de la comunicación tiene que “estar dispuesto a examinar las certezas de uno frente a las certezas del otro”, partiendo de la seguridad de que “nadie tiene la verdad completa y nadie está en el error completo”. Para tener en cuenta en la Argentina de hoy.
Tan importantes como los periodistas lo son las empresas. Cada quien con intereses y funciones diferentes. Los periodistas son asalariados a los que se les paga por su trabajo, por un servicio que brindan a ese proceso cooperativo de la comunicación en el cual la ciudadanía sigue siendo el actor preponderante. También por encima de las empresas. Se puede decir que los periodistas venden su trabajo. Nunca que las empresas compran las opiniones o las ideas de los profesionales de los medios. Porque, como bien lo señala el código internacional de ética periodística (París, 1983), “la información se comprende como un bien social, y no como un simple producto”, y esto significa que el periodista es “responsable no sólo frente a los que dominan los medios, sino, en último énfasis, frente al gran público, tomando en cuenta la diversidad de los intereses sociales”.
Se puede pensar también la actividad periodística desde los fines. ¿Cuál es el bien que el periodismo aporta a la sociedad? La información es un bien social que sirve de insumo para el discernimiento de los individuos y de los colectivos sociales. Es diferente de un producto. Un producto se ofrece, es una mercadería sujeta a la oferta y la demanda. Un bien social no puede estar sometido solamente a estas reglas, sino que requiere de regulaciones y de consensos porque afecta de manera directa al funcionamiento de la sociedad. Por esta razón, sostiene la filósofa española Adela Cortina, la “meta” del periodismo sería “generar una opinión pública madura, de modo que haya ciudadanos y no vasallos, pueblo y no masa” (Cortina, Adela, “Etica de los medios y construcción ciudadana”; en Oclacc-UTPL, Comunicación, ciudadanía y valores, Quito, 2008, pág. 21).
La tarea periodística hoy más que nunca tiene que situarse y entenderse en términos sociales. Algo que resulta sumamente difícil dada la mediatización de las relaciones sociales, el atravesamiento del poder en el escenario mediático y la hipermercantilización del negocio de la comunicación. Atendiendo a lo dicho al comienzo respecto de la comunicación como una actividad cooperativa en la que intervienen distintos actores, también es cierto que el periodista termina siendo el eslabón más frágil, más débil, de esa cadena. Las pruebas están a la vista.
Pero ello no exime de responsabilidades. “El periodista tiene que ser un constructor de ciudadanía” dice Javier Darío Restrepo. Construir ciudadanía es aportar a la generación de opinión pública y hacerlo es trabajar, con honestidad y veracidad ciudadana, en la facilitación del diálogo entre actores diferentes y diversos, en el escenario público de la comunicación. En medio de presiones, tensiones e intereses, que aumentan el desafío pero no disminuyen la responsabilidad.
Son apenas algunas ideas para pensar. Sin ninguna pretensión de verdad. Pero sí como un intento de aportar a la reflexión sobre esta profesión que necesita (necesitamos) mirarse (mirarnos) autocríticamente. También y fundamentalmente porque somos... ciudadanos periodistas.
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Pagina12- 7/6/2010