jueves, 17 de junio de 2010

El peor equipo


El cardenal Bergoglio ya tiene la lista de amigos para el mundial del 2011 en Argentina. Los seleccionados son;


Roberto Dromi; cerebro del desmantelamiento del estado durante los noventa.

Ernesto Sanz; enemigo de la AUH

Hilda Duhalde

Francisco De Narvaez; el millonario

Jorge Vanossi: amigo de consulta de Clarín

José Horacio Jaunarena: ex ministro de defensa de los gob. de Alfonsin y De La Rua. Impulsor de las leyes de obediencia debida y punto final.

López Murphy: ex mtro de economia.

Enrique Nosiglia:

Andres Delich; ex mtro de educación con De La Rua.

Jesus Rodriguez

Juan Pablo Baylac

Pepe Scioli

Armando Caro Figueroa: ex mtro de trabajo, compañero de formula de D. Caballo.

Margarita Stolbitzer

Pepe De la Sota

Bermang:

Guillermo Montenegro


Estos son los primeros 17. Se pueden sumar más. Por supuesto Duhalde, que no fue pero mandó su adhesión.







lunes, 14 de junio de 2010

Sí, sí, pero

Por Osvaldo Bayer

Sí, sí, ganamos... pero. Sí, la Pulga, bien. Verlo nos hizo volver a aquellos años ’30 y ’40, aquel Moreno, aquel Cherro, ese Sastre, De la Mata. Para no hablar del Torito Aguirre, el mejor de todos y además canaya. Pero ayer parecía que imitábamos a los ingleses. El pase justo, todo calculado, sin sudar la camiseta. Mientras los africanos jugaron a lo rioplatense de antes, la gambeta, bien sudados, todos para adelante, luchando la redonda hasta la raya. Pero eso sí. Messi. Para aplaudirlo, tiene mucha mostaza. Y el cabezazo del Gringo que nos hizo respirar y esperar tranquilos a los chinos de Corea. Sí, y otro más, el que nos salvó con su cabezazo matemático, el Gringo Heinze, natural de aquellas colonias santafesinas tudescas de donde venimos varios. Pero después, todo como juego de señoritos, mientras la negrada se comía el césped de puras ganas de jugar. Además, ¿por qué Maradona siempre en pantalla? Se vieron más escenas de Maradona que de la pelota. La chantada en colores, esta vez vestido como un niño bien de la calle Florida y mirando desde lo alto como el Espíritu Santo. Falta que le recemos una oración en vez de cantar el Himno al empezar...
El mejor jugador del partido fue sin duda el arquero africano. Las paró todas, menos el cabezazo del Gringo.
De los demás nuestros podemos hablar bien del arquero Romero, un guardavallas que me hizo recordar a aquel Bossio, a Yustrich, a Bello, a Gualco, que vi jugar bajo los palos cuando niño y que con los dedos en la boca pegaban un silbido a los compañeros para que se avivaran que podía venir la carga por la izquierda y dos chiflidos si venían por derecha.
Sí, ayer jugaron bien los argentinos pero les faltó algo más, más alma, más entusiasmo, más calor. Apenas por un gol, porque chingamos muchos otros, pero ellos también, los africanos estuvieron varias veces ahí nomás del empate. Debo decir que, más allá del frío del equipo, también me gustaron –además de Romero y la Pulga (el mejor), el Pipa, el Galgo, la Bruja y La Fiera y, como ya dije, el Gringo, por su cabezazo que nos salvó. A lo mejor, ese cabezazo es el que nos clasifique, pero vamos a ver cómo nos va con esos japonesitos de Corea que ya dejaron a los griegos en el camino.
Apenas uno a cero. Y menos mal que llegó pronto el final. Con nostalgia recordé aquello que nos hablaban los mayores, cuando los argentinos en 1928, en el Mundial de Amsterdam, les ganamos 11 a 2 a Estados Unidos, 6 a 3 a los belgas y 6 a 0 a los egipcios. ¡Qué tiempos aquéllos! Claro, perdimos la final 2 a 1 con los uruguayos, pero los periódicos nuestros disimularon la derrota titulando: “Triunfó el fútbol rioplatense”. ¡Qué tiempos aquéllos, repito! Bueno, empezaríamos por decir que en esa época el fútbol no se jugaba dinero de por medio, era amateur. Los jugadores nacían y morían defendiendo a un solo club, esa camiseta.
Pero no hablemos de ese tema... porque nos pondríamos a ventilar el poder del dinero y estamos en la sección deportes. Vivamos también la ilusión de que hoy lo hacen por la camiseta. Este viejo del tablón –“tablón”, palabra que se usaba antes para designar a la tribuna– va a tratar de “modernizarse”. No vamos a aguar la fiesta, por el momento.
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viernes, 11 de junio de 2010

¿Fiesta o siesta?

Por Mario Wainfeld

¿La fiesta de todos o la siesta de todos? La polémica, ya añeja, se renueva cada cuatro años. Pan y circo, alienación, despolitización, denuncian académicos y políticos elitistas. Nacionalismo facilista, idolatrías temporarias, aprovechamiento comercial, advierte cualquier costumbrista. El tópico no es nuevo, aunque cada coyuntura le añade su condimento. La regla es que los gobiernos de todo linaje (autoritarios, dictatoriales, democráticos, de cualquier tramo del espectro ideológico) aspiran a que los pueblos, “la gente” o como quiera llamárselo, tengan un rato de distracción y felicidad. La Argentina proporciona ejemplos canónicos, debates irresueltos como el Mundial del ’78. Hoy en Sudáfrica, entre otras cuestiones más atractivas, se reabre esta controversia, sazonada con datos novedosos: la disputa por los relatos de la realidad, la disputa sobre el rol de los medios, la centralidad (siempre disruptiva) de Diego Maradona. La alegría masiva e inesperada de los festejos del Bicentenario redondea el cuadro.
Para empezar, convengamos que el Mundial roba cámara. Y cómo. Otros tramos de la realidad, “la política” por caso, ceden terreno y visibilidad. El fenómeno, que seguramente ya sucedía cuando el circo romano, tiene una dimensión formidable cuando la actividad pública es, en sustancia, mediática. Todos los protagonistas lo asumen y adecuan sus tácticas. A nadie se le ocurrirá llamar a conferencia de prensa en días absorbidos por el fútbol. Ningún diputado anunciará un proyecto de ley en las vísperas o en el día de un partido crucial. Ningún juez filtrará el adelanto de una sentencia ni firmará una resonante en esos trances. Hasta en los intermedios, la omnipresencia futbolera achicará los espacios en diarios y medios electrónicos. Lo que podría ser una tapa, en tiempos “normales”, devendrá una nota. Un título de cuatro columnas correrá el riesgo de transformarse en un pirulo de diez líneas, en un contexto celeste y blanco. El ágora, que en buena medida son los medios, está copado (en la doble acepción del término) por la pasión de multitudes.
Conviene no exagerar, la realidad no se detiene, irrumpe hasta en las transmisiones en directo. La crónica lo registra. El primer partido mundialista transmitido en vivo para la Argentina, la apertura de México ’70, era interrumpido por anuncios oficiales sobre el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu. Varios de sus ejecutores (Fernando Abal Medina, Norma Arrostito, entre ellos) eran identificados con fotos de prontuario y señalados por comunicados de la dictadura. En el transcurso del Mundial ’74 en Alemania murió Juan Domingo Perón. El duelo nacional abarcó el levantamiento del aire del último partido de la Selección, ya eliminada.
La puja distributiva seguirá, el canje de deuda continuará sus devaneos, algún suceso romperá la inercia. Pero el clima mundialista forzará conductas condignas de dirigentes variados. Si se anhela ganar empatía con el público, habrá que mostrarse hincha, interesado, macanudo, positivo. Si hay victoria, todos se subirán al carro triunfal. La derrota dividirá aguas, habilitará perspectivas de “capitalización”, narrativas divergentes. El éxito, se supone, es pro oficialista. El fracaso o la catástrofe, cabe aventurar, podrá ser caldo de cultivo opositor.
Sudáfrica llega en un contexto fascinante y enardecido de disputa sobre el rol de los medios, sobre los modos de narrar la realidad. La polémica es tremenda, a veces tan despiadada como iluminadora. La ley de medios divide aguas y se entremezcla (acaso en exceso) con el enfrentamiento entre el kirchnerismo y los grupos multimediáticos, con Clarín a la cabeza. Gran cultor del futbolcentrismo, de la crítica mezclada con la cultura del hincha, el multimedios topa con una instancia inusual, que puede inducirlo a reformar lo que fue su canon durante décadas. Se pispeó en estos días donde la saga de los barras bravas fue preponderante respecto del microcosmos de la pelota.
De cualquier modo, ningún actor político (los medios lo son) elige ser piantavotos. Los primeros pasos acompañarán la ilusión, aunque mechándola con reproches preventivos a la dirigencia de AFA. Julio Grondona, el “fútbol para todos”, las peculiaridades del DT argentino están bajo sospecha. Su asociación al Gobierno es un factor de ruptura, que estallará ante resultados adversos.
No es pura epifanía, siempre hubo algo de eso. El patrioterismo exaltado que provoca publicidades insultantes para la inteligencia deviene inquisición si el equipo es eliminado. Las monedas a los jugadores que volvían de Suecia ‘58, la defenestración de técnicos profesionales, circunspectos y estimables como Marcelo Bielsa y José Pekerman lo corroboraron en el pasado. Pero, en el escenario vigente, una defenestración del cuerpo técnico o de la dirigencia de AFA conllevará (o pondrá en lugar estelar) al propio gobierno nacional: se lo caracterizará como su aliado, su mentor, el promotor del desorden, la bronca y la inconducta. La personalidad de Maradona agrega un voltaje especial, más vale.
Maradona es políticamente incorrecto, divisivo, peleador. Un cultor del conflicto como modo de expresión y acumulación de poder, un émulo de Ernesto Laclau sin saberlo. Diego siempre se pelea con alguien, con “ellos”. Se memora poco, pero en el Mundial del ’86 hacía punta con sus compañeros coreando “Argentina va a salir campeón/Argentina va a salir campeón/ se lo dedicamo’ a todos/la reputa madre que los reparió”. “Todos” eran, básicamente, los compatriotas incrédulos, muchos periodistas, algunos diarios. Lejos estuvo de ser magnánimo, de dispensarles un gesto fraterno, reparador. Esa querella continúa, se hizo slogan reo o guarro en la inolvidable conferencia de prensa en Montevideo tras la clasificación sufrida y agónica.
El “10” es un ídolo querido allende sus caídas y sus errores, pero dista mucho de ser un modelo ejemplar, un prócer acartonado digno de la historia oficial. Provocador, belicoso, intransigente, deslenguado, una mayoría aplastante le avala lo que fuera. Pero deja flancos a la crítica, por sus acciones personales y por sus opciones futbolísticas. La relación de los técnicos de la Selección con la opinión pública es fascinante e inexplorada. Ninguno puede evitar ser arrastrado a convocar al “equipo de todos”, porque sería demasiado desafío a la tribuna. Pero ninguno se priva de elegir jugadores inopinados o colocarlos en puestos inesperados o de prescindir de “imprescindibles”. César Luis Menotti relegó al propio Diego en el ’78 y se obcecó con Olguín. Carlos Bilardo se jugó por Cuciuffo. Diego tiene sus berretines, sus zonas grises: la ausencia de marcadores laterales con oficio, la rara ubicación de Jonás Gutiérrez. Esos hallazgos serán valorados a la luz del score. Y la figura del técnico, que es fácilmente asimilable a la caricatura del kirchnerismo que dibujan sus adversarios (y a veces sus partidarios), también.
Los fastos del Bicentenario sorprendieron a casi todos y significaron (reconoce la flor y nata la clase política) una comprobación de buen humor colectivo y un envión para el Gobierno. El cronista entiende que esos climas son efímeros y no cree que produzcan drásticas mutaciones electorales, que obedecen a cambios más profundos y más perdurables. Pero la fiesta colocó al oficialismo del lado de la “buena onda”, comprobó que los ciudadanos del común quieren sacarle jugo a la vida y disfrutar de un buen cuarto de hora, si cuadra. El Mundial, que a diferencia de los festejos es a cara o cruz, nace bajo su auspicio. Poco más puede atisbarse hoy, pero es presumible que vendrán en combo en los análisis ex post.
La historia reconoce continuidades pero es dialéctica, nadie se baña en un mismo río, menos si ha transcurrido un cuatrienio. Las derrotas dolorosas (Suecia, la eliminación contra Perú para ir a México ’70, la goleada de Colombia en River) crían cuervos y buitres. Cultores del “yo lo dije” proliferan por doquier.
El éxito es, en el espacio público, a menudo insoportable. Acuna chupamedias insufribles, sponsors con patriotismo de opereta, ricos y famosos indignos de su fama que se embanderan, literalmente. Y moralejas berretas acerca de las lecciones que un equipo exitoso destina a la sociedad argentina, tan imperfecta ella.
Siempre sucedió, sucederá esta vuelta, con sus matices. Ni ganar evitará tener que tragar sapos. Igual será una fiesta, como la que describió el imbatible Serrat. Hoy vamos subiendo la cuesta, ricos y pobres. Son contados los argentinos (de cualquier color ideológico o político) que no tienen un hincha adentro. Y los hinchas, ya se sabe, prodigan una fidelidad a la camiseta que ya la quisieran los partidos políticos o los cónyuges.
En el transcurrir, también se tratará de obtener tajada política, lo que es lógico en democracia. E inevitable en un contexto más politizado que la media de los años recientes.
En tránsito a la fiesta, el cronista (hincha él, con demasiados mundiales vividos) fantasea con el buen juego y la victoria de los muchachos. Y con un rato de felicidad para los argentinos de a pie que, en una sociedad cruelmente desigual, son en su mayoría pobres. Espera que el equipo luzca, que Messi estalle de una vez, que los delanteros (que están entre los mejores del mundo) rompan redes, que el arquerito ataje todo, que Mascherano y Jonás rieguen de sudor y solidaridad la gramilla africana.
La historia no frenará su curso ni las contradicciones tocarán a su fin. Un día, que se espera lejano, acabará la fiesta. Persistirán las condignas luchas por la igualdad, por el salario, contra la discriminación y el gatillo fácil, por el cambio en la correlación de fuerzas. Volverán el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Si vuelven con la Copa, mejor.

miércoles, 9 de junio de 2010


Por Ricardo Forster


El titular de La Nación del último domingo no deja de ser sorprendente de acuerdo con la beligerancia sostenida e inclemente que el diario de los Mitre viene manteniendo hacia el Gobierno nacional. Tomando las cifras de una encuesta que hizo Poliarquía al día siguiente de los festejos del Bicentenario, titula: “Después de dos años mejoran las expectativas sobre el país”, y en letras más pequeñas agrega que “Un 35 por ciento cree que 2011 será más favorable; la percepción negativa de la realidad bajó un 22%”. ¿Ha cambiado acaso la perspectiva política de los editores del centenario matutino? ¿Habrán sido tan contundentes las cifras mostradas por la encuesta de Poliarquía que no tuvieron más remedio que aceptar lo inaceptable? ¿Cómo es posible, se estarán preguntando, que unos festejos multitudinarios hayan cambiado de ese modo el humor de una parte sustancial de la población? ¿Habrá habido alguna otra cosa que permaneció invisible o fue ocultada por los grandes comunicadores? ¿Se habrá quebrado el mito de un kirchnerismo aislado y en retirada e incapaz de generar apoyo social? ¿Será, acaso, que los editores de La Nación están saliendo de la burbuja en la que estaban viviendo y desde la que veían, retrataban y analizaban el país?Cualquiera que, una vez leído ese titular, se dirija a las últimas páginas en las que podrá detenerse en el editorial y en las columnas de sus dos periodistas estrella (Grondona y Morales Solá), verá inmediatamente que la hostilidad hacia los Kirchner sigue inalterable, que el rencor no ha mudado en reconocimiento y que su retórica sigue apuntando a homologar el gobierno de Cristina Fernández con lógicas autoritarias y escándalos de corrupción.Claro que el lector atento percibirá una alta dosis de preocupación ante este giro en el humor social, se encontrará con los lamentos de quienes se desesperan al comprobar, una vez más, el desbarrancamiento de la oposición y la enorme capacidad demostrada por sus enemigos acérrimos a la hora de generar políticas que atraviesan tanto lo económico como lo cultural simbólico.La preocupación de La Nación tiene una fecha obsesivamente señalada: las elecciones presidenciales de octubre del 2011, esa fecha que meses atrás ni les preocupaba porque creían que después de la derrota de junio del 2009 los Kirchner no podrían hacer otra cosa que preparar su retirada. Se han equivocado y lo saben. Veremos cómo encaran esta etapa atravesada por las irradiaciones, que todavía habrá que seguir observando con muchísima atención, de los festejos multitudinarios e históricos del Bicentenario.A La Nación le perturba profundamente el valor político cultural de un acontecimiento que no sólo le devolvió un protagonismo extraordinario al pueblo sino que incorporó de un modo arriesgado y creativo una interpretación atípica de la historia argentina junto con una resimbolización de la travesía latinoamericana. Los herederos de Mitre, los cultores de una historia oficial que invisibilizó a los débiles y a los derrotados, que catapultó al panteón de los héroes a su fundador y al general Roca y a toda la saga liberalconservadora se quedaron de una pieza al comprobar quiénes pasaron a ocupar la galería de los patriotas latinoamericanos (¡qué escándalo que allí estuviera un indio como Túpac Amaru o un revolucionario como el Che! ¡Qué humillación que Salvador Allende y Emiliano Zapata nos observasen desde la altura de su heroicidad! Y, escándalo de los escándalos, que un bandolero como Pancho Villa y un rebelde indómito como Túpac Catari estuvieran en ese salón inimaginado para recordarnos la lucha de los campesinos y de los pueblos originarios).Porque los ideólogos del conservadurismo argentino comprenden perfectamente el altísimo valor político y simbólico que tuvo ese extraordinario gesto de Cristina Fernández, acompañada por gran parte de los presidentes de Sudamérica, que no sólo supuso reivindicar figuras descollantes de la historia continental sino, fundamentalmente, apuntalar un proceso de reescritura de esa misma historia.Una reescritura que también estuvo en el descomunal desfile de Fuerza Bruta, un hecho artísticopolítico deslumbrante y que dejará su huella en la memoria colectiva, en la proyección desplegada en las paredes del Cabildo y en la definitiva incorporación de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo en la avenida principal de nuestra narración histórica. Acontecimientos que perturban de un modo elocuente y decisivo lo que hasta ahora había sido la interpretación dominante y recurrente de la saga nacional.Son momentos fundacionales aquellos que no sólo expresan la reaparición del pueblo en la escena sino que también modifican el imaginario colectivo a la hora de revisitar el pasado argentino y latinoamericano. Y los ideólogos del conservadurismo lo saben muy bien y expresan su honda reocupación. Por supuesto que intentarán reducir este giro del humor social a los efectos del Bicentenario y buscarán desdibujar lo que, a lo largo de estos años, fue recreando la posibilidad misma de un acontecimiento inesperado como lo fue el derrame de pueblo que no salió sólo a festejar una fecha magna o a divertirse escuchando a sus artistas populares, sino que participó de un modo insospechado en la trama más decisiva y significativa de aquello que se desplegó durante cuatro días alterando lo que supuestamente parecía un desencuentro entre un gobierno asolado por sus errores y fatalidades populistas y esas multitudes que salieron para darle visibilidad tanto a su actualidad como a las marcas de una historia que todavía persiste entre nosotros.Lo sorprendente y lo extraordinario se vinculó con las grandes transformaciones y los no menos significativos debates de estos años que podríamos ejemplificar, para no hacer una lista demasiado larga, en dos experiencias decisivas: el camino novedoso que siguió el debate en torno de la nueva ley de servicios audiovisuales, un debate que caló hondo en la sociedad mostrando aquello que la corporación mediática no quería mostrar de sí misma y, por otro lado, lo que ha significado en términos de reparación social y de devolución de ciudadanía a los sectores más vulnerables y vulnerados por las políticas neoliberales la decisión presidencial de implementar la asignación universal.Un acontecimiento que atravesó lo cultural- simbólico, que se metió de lleno en la distribución igualitaria de la palabra y que puso en evidencia la concentración monopólica de la comunicación y de la información, y otro que inició un camino de reparación fundamental, ese mismo que se relaciona con las políticas de protección del trabajo y del salario y que marchan a contramano de las brutales políticas de ajuste que se están implementando en muchos países europeos.Democratización de la palabra y reconstrucción del tejido social, hechos centrales que están en la base de un acontecimiento que si bien asumió la forma de lo inesperado se entrelaza con aquello previo que los grandes medios de comunicación, La Nación entre ellos, buscaron siempre minimizar y hasta invisibilizar.Harían bien los editorialistas del diario de los Mitre y de sus actuales herederos en preocuparse ante una realidad que les devuelve, y nos devuelve, una imagen que no hubieran imaginado ni en su peor pesadilla, aquella que les muestra que algo inquietante y decisivo sucede en la historia de un país cuando las masas populares transforman los festejos de una fecha histórica en la demostración de un pueblo con ansia de participar y de apuntalar aquello que apunte directamente al corazón de la memoria de la equidad y a la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria.Algo de ese deseo se expresó en el fervor del Bicentenario, y algo de esas intensidades quedaron retratadas en la sorpresa del establishment ante lo que no podían ni prever ni imaginar.

lunes, 7 de junio de 2010

Los ciudadanos periodistas

Por Washington Uranga


La conmemoración del Día del Periodista puede resultar una buena oportunidad para hacer una pausa y reflexionar sobre la profesión, pero sobre todo, acerca de lo que esta labor significa en el escenario de la Argentina actual. Para ello será necesario entender que el periodista no es sino un eslabón –importante, pero sólo un eslabón– de una cadena de actividad humana entendida como la comunicación. La comunicación –el proceso de comunicación, para ser más preciso– es una práctica social cooperativa de la que participan empresas, ciudadanos, dirigentes, líderes económicos, sociales y políticos y, también, los periodistas. Si alguno de estos actores falta, falla la comunicación. Es cierto que, de la misma manera que los maestros y docentes son vitales para la educación, los periodistas lo son para la comunicación. Pero su importancia estratégica vale, en todo caso, para medir su responsabilidad y, en ningún caso, para arrogarse derechos por encima de los restantes actores del sistema. Los periodistas, aunque nos cueste admitirlo, nos equivocamos mucho y frecuentemente. Sirva lo anterior para sostener, tal como lo afirmó el prestigioso periodista colombiano Javier Darío Restrepo en una conferencia recientemente dictada en Bolivia, que el profesional de la comunicación tiene que “estar dispuesto a examinar las certezas de uno frente a las certezas del otro”, partiendo de la seguridad de que “nadie tiene la verdad completa y nadie está en el error completo”. Para tener en cuenta en la Argentina de hoy.
Tan importantes como los periodistas lo son las empresas. Cada quien con intereses y funciones diferentes. Los periodistas son asalariados a los que se les paga por su trabajo, por un servicio que brindan a ese proceso cooperativo de la comunicación en el cual la ciudadanía sigue siendo el actor preponderante. También por encima de las empresas. Se puede decir que los periodistas venden su trabajo. Nunca que las empresas compran las opiniones o las ideas de los profesionales de los medios. Porque, como bien lo señala el código internacional de ética periodística (París, 1983), “la información se comprende como un bien social, y no como un simple producto”, y esto significa que el periodista es “responsable no sólo frente a los que dominan los medios, sino, en último énfasis, frente al gran público, tomando en cuenta la diversidad de los intereses sociales”.
Se puede pensar también la actividad periodística desde los fines. ¿Cuál es el bien que el periodismo aporta a la sociedad? La información es un bien social que sirve de insumo para el discernimiento de los individuos y de los colectivos sociales. Es diferente de un producto. Un producto se ofrece, es una mercadería sujeta a la oferta y la demanda. Un bien social no puede estar sometido solamente a estas reglas, sino que requiere de regulaciones y de consensos porque afecta de manera directa al funcionamiento de la sociedad. Por esta razón, sostiene la filósofa española Adela Cortina, la “meta” del periodismo sería “generar una opinión pública madura, de modo que haya ciudadanos y no vasallos, pueblo y no masa” (Cortina, Adela, “Etica de los medios y construcción ciudadana”; en Oclacc-UTPL, Comunicación, ciudadanía y valores, Quito, 2008, pág. 21).
La tarea periodística hoy más que nunca tiene que situarse y entenderse en términos sociales. Algo que resulta sumamente difícil dada la mediatización de las relaciones sociales, el atravesamiento del poder en el escenario mediático y la hipermercantilización del negocio de la comunicación. Atendiendo a lo dicho al comienzo respecto de la comunicación como una actividad cooperativa en la que intervienen distintos actores, también es cierto que el periodista termina siendo el eslabón más frágil, más débil, de esa cadena. Las pruebas están a la vista.
Pero ello no exime de responsabilidades. “El periodista tiene que ser un constructor de ciudadanía” dice Javier Darío Restrepo. Construir ciudadanía es aportar a la generación de opinión pública y hacerlo es trabajar, con honestidad y veracidad ciudadana, en la facilitación del diálogo entre actores diferentes y diversos, en el escenario público de la comunicación. En medio de presiones, tensiones e intereses, que aumentan el desafío pero no disminuyen la responsabilidad.
Son apenas algunas ideas para pensar. Sin ninguna pretensión de verdad. Pero sí como un intento de aportar a la reflexión sobre esta profesión que necesita (necesitamos) mirarse (mirarnos) autocríticamente. También y fundamentalmente porque somos... ciudadanos periodistas.
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Pagina12- 7/6/2010

Ernesto, me tenes podrido

Por Carlos Barragan

Ernesto, me tenés podrido. La vez pasada contesté tu columna porque me citabas directamente aun sin nombrarme. Y esta vez lo hago porque, otra vez sin citarme, leo en tu nueva columna que versa sobre qué es ser periodista: “en estos tiempos en los que se pretende instalar que la única manera digna de serlo (periodista) es recibir una paga –directa o indirecta– del Gobierno y repetir que todos los periodistas son títeres, y que todos los opositores son malísimos y que todos los oficialistas son realmente brillantes”.Me tenés podrido, Ernesto. Porque yo recibo una paga “indirecta” del Gobierno, de la misma manera que lo hacen mis compañeros de programa, una paga que recibimos para criticar cómo se maneja el periodismo cuando las papas queman. Porque ahora las papas queman, Ernesto. ¿Sabés por qué? Porque el grupo económico –que a vos te da tu paga– cuando deba atenerse a nuevas normas elaboradas, dictadas, sancionadas y aplicadas democráticamente perderá gran parte de sus negocios. Y estos negocios incluyen el gran negocio de monopolizar el relato de la realidad. Ya sé que eso no es cierto para vos que no creés que TN, los noticieros del 13, y demás parlantes, hayan saboteado la 125, ni que hayan saboteado el pago de deuda con reservas, a Marcó del Pont, la estatización de las Afjp, todos los viajes diplomáticos, ni que inventen que Carrió es una política lúcida, ni que bombéen la AUH, ni que reprochen (y tergiversen) día a día cada dicho de la Presidenta, ni que tilden de mentira cada anuncio oficial, ni que llamen “piquete” o “caos de tránsito” a toda expresión social… y la lista es interminable, Ernesto. Porque aunque vos no lo creas la mayor empresa periodística del país –que es en la que trabajás– no para ni un segundo de maquinar para imponer su verdad. Que no es una verdad cualquiera (todos tenemos una) sino la verdad de un grupo económico que intenta sobrevivir cuando las papas queman. Y las papas queman, Ernesto. Porque además esa empresa que paga tu sueldo nació, creció, se desarrolló y se volvió hegemónica entre sus competidoras de manera tan oscura que hasta parece que las torturas fueron parte de su fundación. ¿Pensás que lo de Papel Prensa es otra manipulación?Y esa empresa, esa que vos no creés que esté fuera de sí para autoconservarse, tiene el problema de que su dueña podría ser apropiadora de hijos de desaparecidos. Tanto podría serlo que hace nueve años que está evitando la resolución del caso.Entonces, Ernesto, me tenés podrido. Porque la máquina periodística donde trabajás está puesta al servicio de evitar a cualquier costo que se compruebe el delito de apropiación de personas, el delito fundacional de Papel Prensa, y que se aplique una ley democrática que choca contra su funcionamiento hegemónico. Esa empresa periodística usa al periodismo como una palanca para sobrevivir como empresa comercial.Y hablás de periodismo y dignidad, Ernesto. Y te enojás con quienes señalamos esto, y te tomás el trabajo de encontrarle virtudes a Majul, a Morales Solá, y a Santoro. ¿Qué tal si buscás algún delito resuelto por el Fino Palacios, o si te acordás de lo bien que hizo Menem en sacar el servicio militar, de contar que Neustadt le dio trabajo a un adolescente y hombre de bien Carlitos Ulanovsky, o que Cecilia Pando es una mamá copada?Tu idea es que nada es blanco o negro, que todo es un poco de todo, que las cosas no son tan claras, que no hay buenos ni malos, que nadie es dueño de la verdad, que no se puede tirar la primera piedra y un montón de clishés más para explicarte a vos mismo que el mundo es un lugar inasible, gelatinoso, donde todos somos más parecidos que diferentes. Pero las papas queman, Ernesto. Hay cosas que están cambiando y hay quienes quieren que cambien, y otros que no. Y habemos quienes ponemos la cara para que las cosas cambien, y nos sentimos en el lugar correcto.Yo soy uno de esos que cobra, como decís vos, “indirectamente” del Gobierno. El mismo Gobierno que paga a los maestros para enseñar, a los médicos para curar, a los policías para cuidar, y a mí para que pueda pensar sin las presiones de las buenas empresas. Que son buenas, pero a veces se vuelven demasiado poderosas. Y me pagan, me pagan con menos ceros de los acostumbrados en la tele. Como para que ese dinero no me genere un amor desmedido por quienes me pagan. Ese amor, ese Síndrome de Estocolmo que a veces viven los periodistas estrellas, engordados desmesuradamente para que hagan suya la lógica empresaria del millón, el dos, el tres, y el infinito.Porque las papas queman, Ernesto.Por eso cuando decís: “Ojalá el periodismo no se transforme en la mediocridad de cobrar un sueldo en el Estado para elogiar al Gobierno y detractar a sus críticos”, yo siento que forzaste una abstracción que no abunda en honestidad intelectual.¿De qué críticos al Gobierno hablás? ¿de Magnetto? ¿de la Sra. de Noble? ¿de Mariano Grondona? ¿de Blank? ¿de Kirschbaum? Ya lo sé, no te gusta que se ataque a la gente, porque nadie es un “malo absoluto”. Pensás que eso es berreta, de barricada, es la lógica del amigo/enemigo. Una baratija dialéctica para engañar a los incautos.Pero la mediocridad de cobrar un sueldo del Estado para elogiar al Gobierno, es muy parecida a la grandeza de cobrar de Clarín para elogiar a Clarín.¿Estoy loco, o alguna vez te escuché elogiar a Clarín porque ahí trabajás en libertad?Yo no creo que por eso seas un mediocre ni un héroe. Tendrás alguna buena razón para querer estar ahí, pero para eso necesitás olvidarte que estás en un lugar donde hoy el periodismo se pasa por una picadora de carne. Y donde tu libertad individual en el mejor y más triste de los casos sirve como el aceite que lubrica a la máquina de desinformar. La máquina de proteger a la máquina.¿Creés que en Mitre me querrán dar un programa a mí? ¿Y si voy con Pablo Llonto? ¿O a Sandra Russo, o a Galende para escuchar “todas las voces”?Me tenés podrido, Ernesto.Mis elogios al Gobierno los hago desde antes de estar donde estoy. Los hacía gratis. En realidad esos elogios los pagué de mi bolsillo. Los pagué con alguna oportunidad de trabajo perdida. Y mis críticas al Gobierno las hago entre amigos, porque el espacio que tengo en la tele. prefiero usarlo para criticar a quienes no quieren nada de lo bueno del Gobierno. ¿Te parezco muy indigno?Tu columna habla del Día del Periodista, y escribís “en estos tiempos me vienen a la memoria muchas de las historias valientes, íntegras y conmovedoras…”.Mirá, Ernesto, en estos tiempos para el periodismo las papas queman, y no me parece conmovedor haberse quedado bajo el ala de la corporación periodística más poderosa que existió en el país. Corporación que a tu mencionado diario Di Presse, seguramente –y como es su estilo– no le haría la vida fácil.A mí, como a vos, me encantaría que hubiera más de un buen diario escrito en idisch, diarios en mapuche, en guaraní, diarios de derecha, diarios zurdos, diarios fachos, diarios brillantes, y diarios mentirosos también.Por eso defiendo la ley de medios, y por eso estoy orgulloso de estar en Canal 7.Por eso me tenés podrido. Porque las papas queman, y vos seguís mirándote el ombligo. Porque nos agarró una granizada, y vos pensás que hay gente mala que te tira piedritas blancas. Y es que graniza, nomás.Porque el clima a veces cambia, te guste o no te guste.

lunes, 10 de mayo de 2010

Carta abierta a Ernesto Tenembaum

Por Carlos Barragan

Estimado Ernesto: Soy el autor de Somos boludos, la cancioncita que por estos días te indigna y que escribí inspirado sobre todo en vos cuando te escuché (después escuché lo mismo de otros periodistas y políticos, en los casos en que esas categorías vayan separadas) que el Gobierno se había apropiado de los derechos humanos, y que por eso este año no ibas a ir a la marcha del 24 de marzo. Me pareció que utilizar el verbo “apropiar” estaba allí ubicando al Gobierno hacia un delito excepcional: robarse la causa y la razón de los derechos humanos. Sumando así otra iniquidad a las tantas que se le han sumado. En aquel momento sentí que la satisfacción de Madres, Abuelas y ciudadanos por la posibilidad de poder juzgar a represores no debía quedar teñida de esa mugre de la “apropiación”. Así que tomé un concepto sencillo de Sandra Russo: piensan que somos boludos porque al abrazar la búsqueda de justicia lo que hacemos es abrazar a un gobierno infame. Por eso la cancioncita dice “cuando meten preso a un viejo torturador, lo hacen para que a Cristina le vaya mejor”. Bien, en caso de que así fuera, si un cacho de justicia favorece la acción o la imagen de un gobierno, ojalá hubiésemos tenido más gobiernos autoglorificados por la consecución de justicia. Ahora bien, la infamia del Gobierno sería autoadjudicarse con exclusividad la defensa de los DD.HH. Y ahí sí que hay una falta de justicia. Kirchner –que como informás no hizo nada antes por los DD.HH.– se envalentona. ¿Pero por qué se envalentona? Sencillamente porque –y esta es una acusación que le hace Patricia Walsh– lo único que hizo por los DD.HH. fue juntar los diputados suficientes para levantar la mano para poder derogar las leyes que protegían a los represores. ¿Y qué más tenía que hacer? ¿Volver a los ’70 como un Terminéstor para en lugar de hacer plata en el sur ponerse a defender a los perseguidos? Observación: hacer plata en este caso es señal de falta de moral. Kirchner no es un militante de DD.HH., es un político que tomó una decisión política (decisión que no le trae mayores ventajas en las franjas altas ni en la bajas, apenas en las capas medias que seguimos siendo “progres”, ¡ay!). Y como político, cuando hace algo más o menos bien, lo magnifica para capitalizarlo. Por lo tanto, mi cancioncita no acusa a nadie de oponerse a los juicios, acusa a los que como vos nos acusan de boludos que somos comprados en nuestras conciencias boludas, y no somos capaces de ver que cuando apoyamos a la Justicia apoyamos a estos impostores que la hicieron posible. Porque vos y los que nombro, creen que los Kirchner no se merecen apoyo ninguno porque no tienen méritos. Porque ustedes quieren gente virtuosa gobernando, no gente –cualquier gente– que tome decisiones que favorezcan la marcha del país. Es por estas cosas que la cancioncita para vos es Propaganda Oficial, cuando en realidad representa a miles de personas que piensan como yo y no como vos. No pensar como vos, en este punto, es ser un propagandista.Hay una realidad, la izquierda, la de verdad (no la que pudo haber sido la tuya o la mía) se enoja con el kirchnerismo porque siente que les robó su bandera. Y puede ser cierto, la bandera de los DD.HH. Kichner se las robó y la clavó donde debía estar. Zamora se enoja porque él quería otra cosa, mejor, más pura, menos peronista, una cosa imposible pero de verdad virtuosa. Y Zamora se enojó conmigo porque lo puse en la misma lista que Morales Solá. Y es que los dos dijeron lo mismo: apropiación. Por derecha y por izquierda ambos disconformes con esta costumbre de los Kirchner de ser impuros, impuros con la izquierda para lastimar a la derecha.Por lo tanto Ernesto, no miento en mi cancioncita. La escuchaste mal, o mentís vos. Pongámosles nombres a las cosas: yo, que soy Barragán, estuve ahí en 6,7,8 cuando Magdalena le hace una pregunta a Videla. “Sólo eso” decís vos, Ernesto. Y Magdalena no le hace “sólo eso”, le tira un bombón de dulce de leche a Videla, le pregunta a Videla por la forma distorsionada en que se presenta en el exterior nuestra realidad y si tiene planeado viajar por el mundo para aclarar esa mentira. Defendí a esa Magdalena recortada en el tiempo, diciendo que en aquel momento ni a mí (que tenía 13, 14 o 15 años) ni a mis padres, ni a las organizaciones de izquierda, ni a la sociedad en general nos seducía la idea de una democracia. Y creo haber dicho también que en ese momento decir la verdad significaba la muerte. No sé si dije algo más, pero sí sé lo que pienso. Que estamos revisando nuestra historia, que Magdalena no es aquella Magdalena, que concuerdo con vos en eso de su posterior defensa de las víctimas, y pensé también que la postura de Pablo Llonto (que los periodistas tienen una responsabilidad mayor que el ciudadano común y que sin su neutralidad o apoyo la dictadura no hubiera sido posible) me pareció demasiado exigente, pura, y de improbable justicia mirando las cosas desde tan lejos. También pensé y dije que el Tribunal de las Madres me parecía algo pueril, más digno de estudiantes universitarios que de una organización seria, y que Madres tiene los medios para comunicar lo que quieran sin teatralizar una cosa tan católica y de estética inquisidora como un juicio en una plaza. Magdalena es un ejemplo fallido (por eso lo tomás) en esa lógica que creés injusta de “malos ahora-malos antes”. Pero es difícil de negar la trama de periodistas, empresarios, operadores, economistas y demás que mamaron de la teta de la dictadura y se hicieron grandes en una democracia que sólo imputó a los que estaban manchados con sangre y no con tinta de billetes verdes. Magdalena sí sirve como ejemplo en tu visión virtuosista de la política. Sospecho que ella también detesta que sean los impuros Kirchner quienes terminaron clavando la bandera de los DD.HH. con los juicios. Y también percibo como más noble su actitud al leer una carta que pedía por un desaparecido en 1978. Más noble que conseguir un montón de diputados peronistas para que levanten la m ano. Entonces, Ernesto, ¿qué es para vos cuidar la memoria histórica? ¿No mostrar a Magdalena haciéndole una pregunta que efectivamente armonizaba con la abierta propaganda oficial de la dictadura? 6,7,8 no se hace en un ministerio. Se hace en una productora de televisión. Lo piensan productores de televisión, y en el piso cada uno dice lo que quiere según sus convicciones. Las del momento claro, porque somos sujetos de la historia.Yo creo que llevás la marca más comprada en los ’90. Ya no podés no pensar que la política es una actividad repudiable por definición, por ende la defensa de una política sólo puede ser una acción de propaganda. Y cuando decís que “los gobiernos son demasiado poderosos para defenderse solitos”, estás pensando en Menem, no en Illia o en Allende. Pero claro, los K no son virtuosos como ellos, son gente muchas veces injusta, con un pasado que no es inmaculado, y con actitudes intemperantes.Son la gente que tenemos para oponernos a los que quieren una nación más chiquita para negocios más grandes. Y yo no hago propaganda. Escribo canciones en las que canto lo que pienso. ¿Lo pagaré muy caro? Ya lo estoy pagando.Te pregunto ¿no estás pagando muy caro al forzarte a defender la causa de aparentes colegas tuyos que informan y opinan/operan histórica y consecuentemente con intereses empresariales? Creo que sí. Lo estás pagando cuando escribís una columna que podría haber firmado Ricardo Kirschbaum.Con sincera estima, Carlos Barragán.